miércoles, 5 de febrero de 2014

Grindhouse (2): Death Proof Review de la película


Nota, en este espacio se idolatra la obra de Quentin Tarantino, así que si no te gusta, lárgate (¡no por favor, quédate, haré lo que me pidas!).

Death Proof (2007) de Quentin Tarantino, supone la segunda parte del pase doble, homenaje al cine de serie Z de los años 70, Grindhouse, junto con Planet Terror de Robert Rodríguez. La historia de esta gamberrada ya la contamos aquí  no hace mucho.


El Especialista Mike es el propietario de un coche a prueba de muertes pero solo para el asiento del conductor. Y ¿que mejor que rodar una escena de acción en un coche rápido, con un grupo de chicas despampanantes en el asiento del copiloto?

La idea y el planteamiento son rabiosamente originales y muy al estilo de Tarantino, con unos diálogos que parecen vacíos pero de un contenido profundo y por supuesto con el humor y la extravagancia que le caracteriza. 

Aunque conserva algún aspecto formal con su antecesora (el cambio de color, la “mala calidad de la cinta”, el paso exagerado por el corte de algún fotograma), se nota que la intención del realizador, más que la mofa de un género, pretende construir una cinta seria, inteligente, arriesgada y siempre con el desparpajo del director de Pulp Fiction.

La brillantez del guión se complementa con la majestuosidad de la técnica barroca que emplea Quentin. Grandes travelling, sobre todo, uno circular que demuestra que hay más formas de rodar conversaciones aparte del socorrídísimo plano contra plano. Este travelling supone la inmersión dentro de la conversación, e incluso, esta puede verse según la perspectiva de ambos sexos: para la mujer es la participación activa dentro de la conversación; pero el efecto con el hombre me parece más entretenido. Es como si fuera una perversión, como si por fin hubieras podido colarte en una conversación entre mujeres y contestar a la dichosa pregunta ¿de qué narices hablarán las mujeres cuando los hombres no las escuchamos?

Tarantino decide hacer una aproximación bastante acertada al concepto de mujer y no como los cánones ortodoxos parecen imponer. En el filme, sus conversaciones son como las típicas estereotipadas de los tíos de “¡Eh, mira que tetas tiene esa!”, cambiando tetas por culos; e incluyen, además, un matiz de venganza sexual. Esto demostraría que no existen diferencias abrumadoras entre unos y otros tal y como siempre se nos ha querido hacer ver (tanto por machistas como por feministas).

La venganza es otro de esos temas que pueden llegar a sorprender de Death Proof. El filme muestra dos grupos de mujeres, parecidos y diferentes el uno del otro. Con el primero, podíamos decir que gana el hombre sin ningún tipo de contemplación. Pero el segundo, después de ser atacado, decide tomarse la venganza de su mano. Y lo curioso, es que esta agresividad femenina, no se debe a una cuestión amorosa, ni es una pelea entre mujeres; es una cuestión de orgullo, una venganza que ha sido denominada propiamente masculina, un tu me jodes, pues ahora yo te voy a joder yo más. No hace falta que diga que estas ideas llevan a la igualdad como ya comenté antes.


Estás dos partes del filme se representan de un modo muy original por la estética de los pies. El enfoque de Tarantino te va avisando de que los pies, mas que por una cuestión estética(que funciona sobremanera), responden a un hecho narrativo: por un lado la victoria de mal y por otro su derrota, términos que por cierto, se disuelven muy a menudo.

Pero aparte de todo esto, Tarantino firma una de las mejores persecuciones de coches que puedas ver en pantalla, y lo curioso es que sin efectos digitales, al modo tradicional de especialistas, velocidad, riesgo y me figuro que algún truco de cámara. La persecución produce cierto agobio por que es todo lo real que permite el cine. Aplauso y mención hay que hacer aquí a Zoe Bell, que además de realizar una de las mejores actuaciones de la película (hay que tener en cuenta que se interpreta a ella misma), rueda la persecución como especialista que es. Representa en cierto modo, a lo que todos entendemos por un marimacho.

Pero no es solo la persecución, el impacto entre los coches es una de mejores escenas del filme y posible idea para las airadas campañas de tráfico de la DGT. La escena consiste en estampar un coche contra otro, de frente y ver que le pasa a cada una de las ocupantes un momento antes de la colisión y durante la misma. Magistralmente rodada, con una técnica efectista, y muy divertida.


Debe llegar el turno del hombre. El único que tiene protagonismo durante el filme, Kurt Russell. Hay que comentar que a Russell le ha tocado la lotería con Tarantino pero que no ha desaprovechado la oportunidad, es más, nos brinda una actuación brillante con un registro muy amplio. Tan amplio que pasa por ser el hombre dominante, seductor y sexy, para luego convertirse en un carca olvidado, más tarde en un maniático de humor negrísimo y de una cabeza muy buen amueblada, para llegar a ser un Rambo no muy duro, un gallina y finalmente un suplicante. Realmente es asombroso.

La película es sorprendente en muchos aspectos y no debería decepcionar ni a fans de Tarantino, ni a amantes del cine, ni al público en general.

E aquí para terminar, algunas curiosidades del filme:


•Rose McGowan, repite en ambas películas pero es en Death Proof donde nos brinda su mejor actuación con un papel más secundario.

•En todas la película de Tarantino aparece un Zippo y en este caso el famoso mechero lo tiene Kurt Russell.

•Los únicos puntos de unión entre las dos películas que conforman Grindhouse son el sheriff y el hospital.

Inteligencia, acción sin frenos y mujeres, mezcladas con el humor, el impacto y la extravagancia de Quentin Tarantino.

7 mesas de billar francés Review de la película

¿Para qué sirven los viejos?

7 mesas de billar francés de Gracia Querejeta (2007), nos cuenta como una mujer debe volver a reunir a los amigos del pasado tras la muerte de su padre para poner en marcha un local de billares. Las redencillas, los antiguos y los nuevo amores no tardarán en surgir.



Querejeta nos narra una historia de personajes, cargada de un realismo inusitado que te mete tanto en el argumento que un final cortante te despertará de la ensoñación para descubrirte que estás ante una obra maestra.

La película avanza sin perder el tiempo, a través de la vida de sus personajes, para descubrirnos que aunque todos tienen problemas, levantarse y seguir cuando una cae y enterrar el pasado es la única forma de continuar viviendo. Pero esto no implica que lo que venga después vaya a ser bueno. Esta incertidumbre queda reflejada en un final maestro, donde aunque tratemos de borrar el pasado, nunca podremos instaurar un futuro y a fin de cuentas eso es lo que importa, no saber que va a suceder. Maestro es, porque no nos encontramos ante un final made in Hollywood, feliz y cerrado, sino que abre las puertas a pensar lo que cada espectador quiera, feliz para los complacientes y dudoso para los amantes de las buenas historias.

La película, por si todavía no había salido a la palestra, es española y esto me sirve para contar una historia basada en hechos reales. Mientras nos encontrábamos decidiendo unos amigos y el que escribe que película ver, ellos optaban por ver El Orfanato. Las entradas estaban agotadas por lo que me dio por proponerles ver la película de esta crítica y a modo de experimento sociológico, se me ocurrió comentar con cierta malicia que la película era española. La reacción no se hizo esperar por parte de la mayoría del público: “¡¿Española?! Puff, el cine español es una mierda”. Hubo una ligera desbandada y reí para mis adentros porque, por si alguien no lo sabe, El orfanato es una película española (¡¿en serio?!).

Muchos tienden a pensar la frase tan roída de que malo es el cine español, sin pararse a reflexionar que gran parte del cine español que se nos vende publicitariamente no es el de las obras maestras que cada año pasan desapercibidas para el gran público o son reconocidas a destiempo. Pido, a mis dos o tres lectores, que por favor juzguen las películas individualmente y no por su nacionalidad, cosa que suele ser accesoria para el resultado final de un filme. No todas las películas españolas tienen escenas de sexo sin sentido ( esto puede cargarse a los pocos adeptos al cine patrio).

Antes comentaba que esta es una película de personajes, y no suele haber personajes sin actores y da la casualidad que estos hacen una función espléndida. A la cabeza de todos, encontramos a Blanca Portillo, que suma, sigue y demuestra el estado óptimo de forma en que se encuentra. Interpreta a una mujer con un pasado que se nos muestra oculto, maltratada por los acontecimientos y por que ella misma se hunde bajo la premisa de que todo es culpa de los demás y por consiguiente la ayuda de estos es innecesaria. Junto a ella tenemos a Jesús Castejón, un ex amante y amigo que se sacrificó de nuevo por los acontecimientos en pos de la amistad y que ahora busca el amor de Portillo. Olvidado por ella, él se muestra en un papel sumiso, recibiendo los golpes e intentando tirar del carro a partes iguales. La sorpresa la encontramos en la aparición estelar de Amparo Baró, que nos devuelve la nostalgia a esa gran serie que fue 7 vidas y nos brinda la oportunidad de volver a ver a las dos actrices juntas, como madre e hija. Su papel de anciana deseosa de ir a la residencia, aporta un toque de ternura y humor que aumenta la empatía con la narración.

Maribel Verdú cumple, pero queda muy pequeña al lado de Blanca Portilla. Su hijo en la ficción sin embargo, está sobresaliente, con una actuación muy realista y con una función obvia: el niño y el espectador son la misma persona y a través de él y su supuesta inocencia, vamos descubriendo las relaciones de los demás personajes; o tal vez no, por que eso son “cosas de mayores”.

Y por supuesto, el resto de secundarios que conforman el plantel, encabezados por Raúl Arévalo, que es uno de los mejores actores españoles de la actualidad, recrean una unión generacional posible y existente que se aleja de las teorías de la separación que muchos nos han intentado o han conseguido inculcarnos.

En fin, tanta empatía se desprende de los personajes que deseas que la película dure dos horas más.

La técnica además no es nada discreta, cargada de travellings que quedan muy llamativos, tanto los de las personas como los de las mesas de billar, encuadres de una gran expresividad y cortes ágiles. Y por si no fuera poco, tiene una fotografía excelente que puede contemplarse, en mayor medida, en las escenas de Vigo. Todo ello nos muestra una España que se aleja del arquetipo que una gran parte del cine español se empeña en mostrar.

El realismo de una historia original pero posible, cargada de misterio, con unos personajes en los cuales podemos identificarnos de verdad, o identificar a algún vecino, con toques de humor en una narración que no tiene prisa pero tampoco contemplaciones, hacen de 7 mesas de billar francés, una obra maestra.

Pero en serio ¿Alguien puede decirnos para qué sirven los viejos?